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Por esos cuerpos muertos…

femicidios

¿Y Dios… no miraba?
¿Por qué no escuchaba?
¿Por qué Dios no estaba para Georgia Lee?
Tom Waits (1999), “Georgia Lee”

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Una chica golpeada hasta la muerte por decir no no es una novela. Un cuerpo de mujer arrojado como un desperdicio a un basural o tirada a una alcantarilla como una sobra, tampoco. Pero sobre esos cuerpos, sobre esos hechos repetidos, se construyen relatos mediáticos que parecen buscar afeites en la ficción para exacerbar la sed voyerista de buena parte de la audiencia y a la vez ofrecer argumentos para sentirse a salvo: esto no es un asalto que le puede pasar a cualquiera, esto les pasa a ciertas chicas. ¿Cómo dar cuenta de los femicidios? ¿Qué imaginarios se instalan a través del modo en que se relatan los –crueles– hechos cotidianos? ¿Cómo opera la ficción en el mismo sentido? Preguntas abiertas en medio del duelo por las asesinadas, ahora mismo, una cada 30 horas, según las estadísticas no oficiales, por cuestiones de género.

Viajaban solas haciendo dedo y llegaban a cualquier parte. Si no las acompañaba un amigo, más rápido subían y más lejos iban. Esa soledad era a la vez un anzuelo para posibles transportistas. Cuando Selva Almada –entonces estudiante de Letras, hoy escritora– y sus compañeras de Villa Elisa, Entre Ríos, cayeron en la cuenta, entendieron que lo práctico no quita lo valiente, y así, todos los viernes bolsito al hombro, hicieron la maestría sobre cómo estudiar a 200 km de casa y volver desde Paraná sin gastar en colectivos.

Pero el viaje no siempre se sobrellevaba cebando mates y hablando del clima. Un día el conductor de perfume encantador y automóvil de lujo dijo ser ginecólogo y les tocó las lolas explicándoles cómo hacerse un autoexamen. Otra vez, un camionero alardeó de acostarse con algunas estudiantes a cambio de plata “para ayudarlas un poco”. En Chicas muertas (Ed. Random House), su primera novela de no ficción, Almada confiesa los recuerdos que le llegaron cuando trataba de ponerse en la piel, de imaginar cómo es atravesar esa curva peligrosa, cómo es viajar “agarrada a la manija de la puerta por si debía pegar el salto”. Porque vemos el mundo con el mundo propio delante de los ojos.

Su libro es una apuesta novedosa, una alianza bienvenida entre literatura y movimiento de mujeres. Se concentra en tres jóvenes que fueron víctimas antes de que la “violencia de género” desplazara a los “crímenes pasionales” de las páginas de los diarios. Mucho antes de que el femicidio ganara un puesto político en los diccionarios de la Real Academia Española. Ellas son Andrea Danne, asesinada en Entre Ríos a los 19 años; María Luisa Quevedo, de 15, acuchillada el Día de la Virgen de 1983 en Sáenz Peña, Chaco; y Sarita Mundín, desaparecida en Villa Nueva, Córdoba, en 1988, y nueve meses después encontrada (esos huesos nunca fueron analizados, otra violencia) en el río Tcalamochita.

También están latentes y literalmente mencionados el de Candela Rodríguez, Paulina Lebbos, Angeles Rawson, Nora Dalmasso y otros crímenes de odio que se volvieron un símbolo, cuerpos emblemas. “Mientras lo escribía, mi único anhelo era que quedara un registro escrito de las vidas y los asesinatos impunes de estas chicas”, dice la autora a LAS 12. No llegaron a estar Melina ni tampoco Paola Acosta y Martina Lizarralde, la madre cordobesa y su hija encontradas el domingo pasado en una alcantarilla.

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Novela erótica

Melina Romero acaba de entrar en la historia, en una historia que empieza a tener cada vez más revisiones. Fue “la víctima perfecta” de turno para construir la escena mediática de comunicación en las últimas semanas. Una mujer (hétero, obvio), que si es adolescente, mejor. Si es bella, hablamos de un regalo y eso le da un lugar en la tapa o un primer plano que desborda en la home del puntocom y te mira a los ojos. El furor de las redes sociales y la posibilidad de que pertenezca a la clase media habilitan la búsqueda de videos que permitan repetir su cara en los títulos de la hora. Y así, por sobreexposición, late que te late su ausencia encubierta. Cada cierto tiempo los medios de comunicación tienen ese regalo y lo exprimen con la máxima velocidad de su mini-premier informativo.

“El ‘batallón de búsqueda’ de la Bonaerense… A Candela la encontraron 2 cartoneras. A los Pomar un chacarero. A Melina una mujer q llamó al 911”, tuiteó el martes a las 21 la periodista Candelaria Schamun (@candelita), autora de Cordero de Dios, el caso Candela (Ed. Marea). A esa hora, tras el hallazgo de Melina, un ejército de periodistas esperaba a la familia, que regresaba de reconocer el cuerpo, en la puerta de su casa. Es posible que el/la cronista hasta haya hablado de femicidio en su cobertura, ¿pero acaso la crueldad de las viejas malas prácticas no se mantiene intacta? La utilización de un vocabulario políticamente correcto parece servir más para tranquilizar la impresión burguesa del horror que para quitarle crueldad, prejuicio, machismo y violencia al relato. Pero es algo…

Algunas notas pusieron el foco en que Melina Romero era “una fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, alguien “sin rumbo”, “hija de padres separados”, una chica “descontrolada”, que dormía hasta el mediodía y nunca lavaba un plato. El discurso también revictimizó a otra mujer, la madre. “La condición policial del padre, que atendiendo el lugar de los hechos y la tradición de crímenes mafiosos que atraviesa a la institución que integra podría habilitar las más diversas especulaciones, fue puesto en la escena mediática al sólo efecto de reforzar cuán desobediente, cuán desafiante ha sido esa niña y cuáles sus opciones de vida”, analizó la abogada Ileana Arduino, especialista en temas de género y políticas de seguridad, en un editorial de revista Anfibia.

Las representaciones mediáticas generaron más que un fuerte rechazo social. La Legislatura porteña –la misma que declaró Persona Destacada de la Cultura a Tinelli– votó de forma unánime un repudio al tratamiento mediático por “ofensivo y sexista”. “Es violencia mediática”, señaló la diputada del Frente para la Victoria Claudia Neira, que impulsó la reacción.

“La ‘mala conducta femenina’ es un clásico de la representación, porque siempre ha habido un antagónico par al sacramental ‘ángel del hogar’ –opina Dora Barrancos, socióloga y doctora en Historia–. Lo que han cambiado son los contextos y las tecnologías. Hay algo muy viejo y algo muy nuevo en el contraste, inmarcesible, de ‘malas’ vs. ‘buenas’. La polaridad entre virtuosas y pecaminosas es un clásico del patriarcado. La mediatización de los casos incrementa el horror vivido por la víctima. Es pavoroso que se exhiban fotografías de las chicas asesinadas con un recorte que legitima la agresión de los machos.”

Justo unos días antes del secuestro de Melina, en su programa de TN, María Laura Santillán le preguntaba a un colega, que se había instalado en Río Cuarto cuando violaron y asfixiaron a Nora Dalmasso, por qué no iba nunca a resolverse el homicidio. El cronista habló del caso sin hacer hincapié en la impunidad de la cobertura. Omitió la llegada de una legión de periodistas obligados a salir al aire en cada flash informativo con algún dato nuevo, como aquella versión que anunció que 18 hombres se harían un ADN, sugiriendo que habían tenido relaciones sexuales con la mujer. Al día siguiente, Dalmasso dejó de ser Nora para ser llamada Norita por la prensa. Los abogados dejaron de ser la fuente, y el sistema judicial terminó preso de las falsas verdades periodísticas. ¡Pero la ficción mediática se volvió más entretenida! La “Norita puta” se convirtió en un personaje más importante que la “Nora víctima”. Surgieron remeras que decían “Yo no estuve con Norita”, y las infografías de los diarios que reproducían el escenario del crimen no ahorraban dibujar un frasco de lubricante íntimo en la mesa de luz. Igual que en las viñetas que el diario La Gaceta de Tucumán armó cuando apareció al costado de la ruta, descuartizada, Paulina Lebbos; la dibujaron con una mini extra small y unas piernas más estilizadas que las de Heidi Klum.

“Melina fue la víctima y sigue siéndolo en cada comentario, en cada imagen que se difunde, en esa necesidad de seguir facturando rating con el cuerpo, con la vida de esa adolescente –denuncian Ada Rico y Fabiana Tuñez, de La Casa del Encuentro–. Jugar con la fantasía de que le pasó algo malo porque tenía una vida diferente, indagar, buscar y seguir violando su intimidad es perpetuar la violencia sexista. La reproducción de mitos machistas en boca de los medios (‘estas cosas sólo les pasan a las chicas malas’), es no entender el concepto mismo de violencia de género, que contempla las desigualdades estructurales que todavía persisten entre varones y mujeres. Un femicidio no es una novela, no es una serie de TV, no es una obra de teatro. Un femicidio es una realidad que nos interpela. Las víctimas son reales. Debemos respetar sus derechos humanos como los de sus entornos afectivos.”

Película de terror

Hay más señas no tan particulares: el cadáver de Melina naufragó hasta la misma zona donde encontraron a Angeles Rawson. Las dos desaparecieron en una bolsa de nylon negra. Así como existen coreografías del crimen, también existen lugares que eligen los victimarios. Escenarios que los empoderan. Territorios adónde van los desechos, basurales o alcantarillas. Lo que nunca se respetó se esconde entre los desperdicios. Son los campos de batalla modernos, testigos de las “guerras informales”, como relee Rita Segato a la violencia que hoy se imprime en el cuerpo de las mujeres “como una profanación, como una aplicación de crueldad y tortura hasta la muerte”. “En los asesinatos mafiosos, tanto en Italia como en Colombia, las víctimas en general son otros hombres. Antagonistas, delatores o traidores, pero parte de la corporación armada propia o enemiga. Esos cuerpos llevan mensajes, con diseños que implican una escritura mafiosa en la disposición del cadáver, pero ese cuerpo es parte del enemigo. En la violencia contra las mujeres hay una diferencia. Si matás a alguien que no es miembro de la banda armada, inocente de la guerra, pongamos el caso Candela, ahí el carácter puramente expresivo de la violencia se autonomiza y se hace más potente: estabilizando lo que es específicamente un lenguaje”, dijo la antropóloga a Infojus Noticias.

Los cuerpos femeninos pierden su soberanía a golpes, a puñaladas, y desde esa muerte gritan un mensaje a las mujeres. Las empatías son múltiples. Habrá víctimas que se sentirán más amenazadas; habrá otras mujeres que la considerarán el victimario, su propia trampa; habrá una sociedad que busque, que quiera saber, que quiera encontrar, que quiera cambiar.

Se habla de los hechos y se toman herramientas de los relatos literarios. Nace otro género que impulsan estos crímenes, la ficción que construyen los medios en paralelo a la historia. El morbo sigue siendo el elemento esencial de este negocio del relato mediático. Melina “paga” porque es la chica arruinada; Ángeles activa la sospecha “el asesino es el portero”, en una ciudad llena de porteros; Candela, “tan chiquita”. No va a faltar mucho para que Paola, la última víctima cordobesa, sea comparada con la Difunta Correa.

Clase B

El femicidio no es una novela (obviamente), pero algo dice que los femicidios estén en el centro de tantas ficciones y por fuera de los reclamos y las políticas de seguridad y justicia, por ejemplo. Desde el cine, desde las letras, nuevas voces se suman a debatir el tema. Como la reina de la actuación Helen Mirren que, al recibir el premio Bafta por su trabajo en La reina, se despachó. Denunció la obsesión de la TV británica por la violencia de género y el corte sexista de sus producciones audiovisuales: “Cuando muestra cadáveres, son femeninos”, contó.
¿Qué impunidad tienen las representaciones que hace la industria cultural, desde la ficción? En nuestro país, ¿las alcanzará el concepto de “violencia mediática” que establece la Ley 26.845 sobre Violencia contra las Mujeres? “Si pensamos la comunicación como espacio de producción y circulación de sentidos, no podemos aislar las ficciones a la hora de analizar los efectos que estos mensajes tienen en relación con la violencia mediática –entienden Sol Benavente y Jimena Rodríguez, investigadoras del grupo de Comunicación y Género del Centro Cultural de la Cooperación–. Todos los discursos construyen sentidos e instalan imaginarios. En el caso de las ficciones, a través de un contrato de lectura particular, también ofrecen maneras de ver el mundo, jerarquizaciones y valores. Para abordarlos, es preciso reconocer la complejización del escenario mediático actual a partir del desarrollo vertiginoso de las nuevas tecnologías que han modificado tanto la producción como el consumo de bienes culturales. En este sentido, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es un punto de partida desde el cual se hace necesario pensar también marcos y legislaciones que regulen los contenidos que circulan en estos nuevos espacios comunicacionales que habilita Internet, así como en los medios gráficos que no fueron alcanzados por dicha normativa.”

Fuente:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-9172-2014-09-26.html

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Karen Alejandra Morales Sánchez

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