Mi primera vez en el diván

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Recuerdo muy bien las tres primeras sesiones: no pude decir una palabra. No hice más que sollozar en el diván; sentada, no acostada, en el diván de Laforgue. ¡Pero me hizo tanto bien! Me sentía extraordinariamente aliviada. No sabía en lo absoluto qué era el psicoanálisis:

“Diga todo lo que piensa”, me dijo. Como no pensaba nada, lloraba, es todo. Pero llorar sin decir nada durante tres sesiones me había hecho tanto bien, que ya dormía perfectamente. Entonces decidí continuar.

Y poco después estalla un nuevo drama con mi madre: esta vez porque continúo mi análisis. Obliga a mi padre a dejarme sin recursos. Él me avisa: “Ya no puedo pagar lo tuyo. No puedo permitir que mi pareja se deshaga a causa de mis hijos. Quiero a su madre, ¡son ustedes los que se irán, no yo!” Estaba muy bien hablar así; era claro. Entonces dije a Laforgue: “Ya no me es posible continuar; mi padre ya no puede pagar y yo aún no gano nada.”

Fue entonces cuando Philippe me dijo: “Mira, tenemos cosas que nos pertenecen, que podemos vender. Además, ese año no tienes tiempo, pero el que entra podrás poner inyecciones, apósitos.” No esperé para preguntar en la casa donde había sido instructora si podían darme apósitos o inyecciones para poner, dado que ese trabajo de enfermera podía hacerse por la mañana o por la noche. Gracias a ese trabajo gané algún dinero. Por su parte,

Laforgue me dijo – cierto o falso- que había hablado de mi caso a la Sociedad de París, donde la princesa había organizado un sistema de becas para los pacientes en análisis que interesaban a sus analistas, y que eran susceptibles de convertirse más tarde en analistas. Por tanto Laforgue consideraba que yo tenía madera para convertirme en analista. Pues bien, si deseaba ser becaria, él solicitaría para mí una beca de psicoanálisis; de manera que le pagarían la mitad del precio que él me pedía y yo sólo tendría que pagar la otra mitad.

En aquella época, Laforgue cobraba a mi padre 25 francos; de la noche a la mañana, no me pidió más que 15. Al mismo tiempo, de tres sesiones me hizo pasar a una, Antes iba tres veces por semana. Una sesión duraba cincuenta y cinco minutos. Y si había grandes silencios, se quedaban como silencios.

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Françoise Dolto

 

No se despedía a la gente porque no hablara. Creo que es muy, pero muy útil. Pocos psicoanalistas de hoy tolerarían esas tres primeras sesiones en que no pude decir una palabra. Sin embargo, fueron extraordinariamente aliviadoras. Era lo que tenía que  hacer para poder recuperar el sueño…

 

¿Cuánto tiempo estuvo en análisis?

 

Tres años. Era mucho, porque al cabo de un año estaba como nueva, iba muy bien; vista por personas que me hubieran conocido enferma no hubiese tenido necesidad alguna de continuar. Pero yo tenía un criterio: cuando veía pacientes, sentía si estaba o no disponible- porque en esa época en medicina, uno iba a dar sin más con el enfermo, se hacía enseguida las veces de médico aunque aún no lo fuera.

Y yo creo que la cura psicoanalítica de un médico sólo termina si éste no piensa nunca en sí cuando está en consulta con alguien más.

En efecto, es un buen criterio.

Y se lo decía a Laforgue: “No tengo otro.” Él se sorprendía y me preguntaba: ¿Cómo sabe que no hemos terminado?- Por esto: con casi todo ya no pienso nunca en mí, pero cuando una madre o un padre o un niño llega a contarme algo que me hace pensar: ¡Ah, sí!, como yo, eso prueba que no he terminado.

Creo que no me equivocaba. Y cuando me di cuenta de que en verdad comenzaba la consulta a las 8:30 de la mañana y la terminaba a las 13:00 horas sin haber pensado en mí ni medio segundo, consideré que estaba analizada.

 

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Françoise Dolto 24 de Septiembre 1981, © Getty / Louis MONIER/Gamma-Rapho

Referencia

F,Dolto. Autobiografía de una psicoanalista. Siglo veintiuno editores.

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Berenice Villa Figueroa