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Una perra en el diván

REVISTA ARTÍCULO-IVAN2

“Para una gata una perra, para una perra una leona,
para una leona una dragona y para una dragona, Yo…” (Desc).

Hace mucho tiempo, cuando por primera vez presencié una perrada, me resultó sinceramente incómodo escuchar las cosas que se decían entre algunos gays, observar la manera tan cruda en la que exponían al otro a la burla, al escarnio, señalándole diversas características como nivel socioeconómico, color de piel, edad, estatura, peso, manera de vestir, grado académico, rol sexual y todo aquello que podría ser motivo de crítica.

Más tarde fui entendiendo que en el perreo existe un código, un dialecto alterno donde a través del chiste la agresión se reviste de inocencia y todo pareciera ser una broma, por tanto toda injuria cabe y nada se toma personal, como si eso fuera posible.

En este sentido el actor y escritor Guillermo Ledesma[1] nos dice:

“El perreo es una forma en que los gays se defienden de una manera chusca y divertida. No todos saben perrear y hay de perras a perras: unas se meten con tu apariencia; otras con tu pareja…pero al final siguen siendo perradas. Puedes perrearte a un amigo pero también a tu enemigo más grande. Hay perradas que duelen y otras te hacen doblar de la risa. La más perra es quien no se deja de nadie y siempre tiene algo en la boca para humillar, reír o hacer sentir mal al otro. Quien diga que nunca ha perreado en su vida no es gay.”

Entonces entendemos que el perreo parece ser algo exclusivo del sujeto homosexual, es decir un hombre heterosexual seguramente no sabría qué hacer ante la embestida de una perra, ya que  él sólo conoce el albur, mecanismo humorístico de diferente naturaleza y características distintas.

Sin embargo cómo entender que un gay le señale su homosexualidad a otro, además con una postura de exacerbada femineidad, injuriándolo no sólo  por su preferencia sexual sino que también le grita: negra, chaparra, pasiva, andrajosa, pobretona, naca, india, obesa, anciana, decrépita, puta, jota y todo lo que se acumule ya que en la perrada todo entra sabiéndolo acomodar. Entra primero que nada la homofobia, a la que le siguen la transfobia, el machismo la misoginia, el racismo, el clasismo y la discriminación en todos sus sabores y colores, a los que en un país como en el que vivimos, estamos sin duda familiarizados.

Cabe mencionar que la perrada debe ser rápida, certera, improvisada y por supuesto que cada sujeto tiene sus ases bajo la manga, letanías aprendidas y repasadas para manejarlas con dominio absoluto, todo para apelar a un sólo fin, callar y vencer al oponente y de esa manera demostrar quién es la más perra.

Para entender de qué hablamos, he aquí un ejemplo de perrada:

“¿Qué me ves, qué me miras, qué me posas?, estúpida, ridícula, mugrosa, porque yo cuerpazo, piernaza, caraza, señorita de mi casa, ¿por qué? porque quiero, ¿por qué? porque puedo, por que las reinas utilizamos corona, las princesas diadema, las perras cadena, y las gatas como tú listones, que digo listones, bolitas, que digo bolitas, ligas, que digo ligas, si la última ayer te la rompieron, y como ya se cansé de perrearte, toma una joya de mi corona y piérdete.”[2]

Obviamente como podemos ver, la perrada tiene sus características peculiares, posee un ritmo y por tanto una forma particular de decirse, de ladrarse pues, y no cualquiera podría perrear.

Para podernos explicar dicho fenómeno, comprendamos primero que nada que el perreo tiene un origen, la perra no nace, se hace, o más bien la hacen a base de insultos, en este sentido  habría que imaginarnos a un niño que sin saber quién es aún, los otros, “los de afuera” parecen sí saberlo, lo extraño para él es que se lo comunican a base de insultos, apodos, gritos y demás signos de agresión, que lo llevarán en algunos casos a una inminente y dolorosa metamorfosis que llevará a la “mariquita”[3] a convertirse en una perra.

Teniendo en cuenta este universo simbólico y sabiendo que el inconsciente es el discurso del Otro, podemos dilucidar de donde viene la voz que se transforma en la perrada.

Al respecto  Didier E. [4] afirma en sus reflexiones sobre la cuestión homosexual:

“[…] los homosexuales viven en un mundo de injurias. El lenguaje les rodea, les cerca, les designa. El mundo les insulta, habla de ellos, de lo que dicen de ellos […] el mundo de injurias existe antes que ellos y se apodera de ellos antes incluso de que puedan saber lo que son”.

Podríamos decir entonces que el sujeto homosexual está atravesado como todos por el lenguaje, sólo que  a éste se le presenta un plus, el de la agresión, es así que antes de que el infante sepa incluso el significado de la palabra homosexual, se la gritan en muy diversas presentaciones, lo estigmatizan y acorralan en un espacio de total incomprensión. Y si tomamos en cuenta que se juega lo que no se comprende, entonces el perreo aparece en el escenario simbólico del gay como una posibilidad para poder jugar y de esta manera salir de la parálisis en la que se encuentra, porque el miedo paraliza pero el chiste y la perrez liberan.

En psicoanálisis se dice que algo se repite de manera inconsciente porque pide ser resuelto o elaborado y en el “escenario del perreo es precisamente donde el calvario de ser la burla de todo mundo se reactiva, se revive, pero se le impone al otro, se renueva esa terrorífica, escena primaria en la que se adviene como puto, es decir objeto de abyección[5]”.

Sólo que en el perreo el ataque se embiste de gracia, se convierte en herramienta lúdica que permite enfrentarse al otro, mostrando que sí existen posibilidades de respuesta y al mismo tiempo se logra desarmar el poder del sistema al reírse y mofarse de una sociedad como la nuestra, colmada de tanta moral, que es hasta doble.

En este sentido el perreo sería lo que Freud [6] denominó como chiste (witz) tendencioso, el cual tiene dos vertientes: la hostil (destinado a la agresión, la sátira o la defensa) o también obsceno (destinado a mostrarnos una desnudez). En realidad la perrada estaría más del lado hostil y el albur por ejemplo, del obsceno, diferenciación que nos permite analizar las diversas formas en las que nos relacionamos humorísticamente en nuestro país.

Con la perrada lo que se busca es enfrentarse al otro, agredirlo demostrar quién es la más perra, astuta, bella, rica poderosa, joven, deseada, y otras tantas cualidades que dicta un yo ideal hambriento. En este sentido podríamos decir que la perra reina, la que domina la manada busca encarnar el falo, es ella en tanto que se asume como la más poderosa, la que puede señalarles a las otras su falta, negando de esta manera la propia.

En cambio en el albur lo que se busca es poseer, ostentar el falo más prominente y por supuesto “cogerse” simbólicamente al otro; a este respecto Freud [7] afirma que el chiste de tipo obsceno es el que va dirigido a una persona determinada, que nos excita sexualmente, quedando detenida la agresión sexual en su progreso hasta el acto, extrayendo de la génesis de la excitación el placer, siendo además el que ríe un espectador de una agresión sexual.

Uno de los requisitos esenciales para que se dé el perreo es que haya terceros, obviamente una buena perrada merece ser reconocida y celebrada. El chiste tendencioso[8] precisa tres personas, aquella que lo dice, una segunda a la que se toma por objeto de la agresión hostil y sexual, y una tercera en la que se cumple la intención creadora de placer del chiste.

Incluso en nuestro país existen espectáculos destinados casi exclusivamente para perrear al público homosexual, mismo que forma parte esencial del show, participando de manera activa en el perreo multitudinario, destruyendo a aquella que se atreva a concursar o a pretender competir con las que comandan dicho performance.

El perreo es entonces una vía para sobreponerse al terror, al pánico vivenciado en la infancia, una forma a través de la cual el sujeto homosexual puede finalmente jugar, moverse, escapar de la timidez hecho que Freud[9] describe como el logro del chiste tendencioso que venciendo el obstáculo interior y suprimiendo la coerción, hace posible la satisfacción de la tendencia y evita, además una cohibición y el «estancamiento psíquico» que la acompaña.

Además considero que ser la más perra, permite un doble movimiento en el tablero simbólico donde el gay juega: por un lado le permite pasar de estar en el lugar del agredido a convertirse en el más cruel agresor, portador además de una exagerada femineidad, vestido o más bien “vestida”[10] (porque es una perra) incluso de mujer, hecho que dice y más bien grita “sí era todo aquello que decían ¿y qué?”. Y por otro le concede ser objeto de reconocimiento porque a la perra más feroz se le aplaude y la jauría está ávida de su presencia que representa una garantía de diversión de risas y alivio; siendo que la ahora líder fue en su infancia objeto de rechazo, es entonces que la perrez abre ese espacio para moverse de un lugar de desprecio a uno donde el deseo del otro se presenta como un verdadero oasis imaginario. Recordemos que las perras se adjudican coronas, son soberanas y princesas que lejos de heterolandia, construyen  a base de insultos, injurias y risas un reino que no pertenece a este mundo.

La perra sería entonces una histérica[11], en el sentido de que elude constantemente al Otro, escurriéndose como objeto, alimentando la falta en el Otro. Ella quiere ser el objeto definitivo y final del deseo del Otro y, a la vez impide que esto suceda. La histérica no quiere ser tan sólo un objeto parcial que el Otro disfruta sino algo más, el inalcanzable objeto del deseo. La histérica se enmascara con la intención de cubrir la falta en el Otro, de completar al Otro.

Esto es, la perra encarna eso que le faltó, y que le fue señalado de manera sumamente agresiva por los otros, cuando en su infancia y adolescencia le fue remarcado desde afuera lo que parecía no tener, esto es: el falo. Sin embargo si la perra repite será porque algo no ha elaborado, perrada tras perrada, ella goza  sintomáticamente de algo que no cesa de no escribirse, escurre de agresión, ella posa, posee, injuria, se señala en el otro, se vacía, recibe su propio mensaje puesto en el Otro, no se satisface y vuelve a perrear.

No obstante, tal vez, y sólo tal vez,  si todo niño que ha sido violentado por acercarse más a una identidad y expresión femenina de su deseo[12], logra sobreponerse al dolor, salir de la parálisis y convertirse en una reina, aunque sea canina, habrá hallado entonces un lugar común, un idioma propio, un terreno donde se está a salvo al menos de esa injuria que no se reviste de humor, es decir la que proviene de heterolandia. Ya que seguramente si un sujeto homosexual logra tolerar y contraatacar  a una perra podrá sin duda, defenderse perfectamente frente aquellos agresores que con mucho menos creatividad y astucia intentarán hacerle daño, quienes además no deberían de olvidar que aunque una perra pueda estar domesticada, conserva sus colmillos y de la nada un día cualquiera, podría morder. 

 

Bibliografía

  • Freud S. (1905) El chiste y su relación con el inconsciente. Alianza Editorial. Madrid. Ed. 2000 
  • Marquet A. (2010).El coloquio de las perras. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. División de Ciencias Sociales y Humanidades. México, DF.
  • Salecl R. (2002). “(Per) versiones de amor y odio”. Siglo Veintiuno Editores. México, DF. Pág. 82

 


[1]  Marquet A. (2010) El coloquio de las perras. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. División de Ciencias Sociales y Humanidades. México, D.F.  Pág. 49

[2] Anónimo

[3] Recordemos que en México a un niño que presenta amaneramiento o signos de femineidad  se le etiqueta con dicho apodo, haciendo alusión a que parece una niña.

[4]  Marquet A. (2010).El coloquio de las perras. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. División de Ciencias Sociales y Humanidades. México, D.F.  Pág. 47

[5] Marquet A. (2010).El coloquio de las perras. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. División de Ciencias Sociales y Humanidades. México, D.F.  Pág. 253

[6] Freud S. (1905) El chiste y su relación con el inconsciente. Alianza Editorial. Madrid.2000.Pág. 28

[7] Ibíd. Pág. 29-31

[8] Ibíd. Pág. 32

[9] Freud S. (1905) El chiste y su relación con el inconsciente. Alianza Editorial. Madrid. 2000. Pág. 36

[10]  Siendo también “vestida” uno de los términos con el que se nombra a un travesti o  en México.

[11]  Salecl R. (2002). “(Per)versiones de amor y odio”. Siglo Veintiuno Editores. México, DF. Pág. 82

 

[12] Tomemos en cuenta que al niño afeminado se le castiga precisamente porque parece una niña, es decir aunque  aparentemente por lo que se le señala sea por una preferencia homosexual, en realidad lo que se le marca es su acentuado amaneramiento, hecho que lo acerca a la mujer.

Comments


F. Iván Huerta Lozano

6 Comments

  1. Vaya! Siempre me ha llamado la atención la forma cómo se agreden entre sí los homosexuales y nunca había entendido por qué, el texto me aclaro un poco esta pregunta y me genera otra ¿es la misma explicación para cuando agreden verbalmente a mujeres heterosexuales? he notado que hacen bromas crueles cuando rivalizan por un tercero.

  2. Efectivamente la “perrada” puede también dirigirse a personas que no sean homosexuales o del mismo sexo que quien agrede, el asunto es ganar precisamente frente a ese tercero en disputa. Gracias por comentar, saludos.

  3. Todo lo que dijeron l ohe percibido y hasta cierto es incomodo estar presente en esas platicas pero pues del lado de la psicologia vas aprendiendoel porque de eso y a que se debe…excelente articulo(y)

  4. El lenguaje siempre ha construido la realidad, por ello parecer que en el caso de la comunicación homosexual o heterosexual, este se vuelve un recurso para la deconstrucción de la realidad social, es interesante el planteamiento. ¿ cuál es el fondo contenido de la “perrada” versus “la ironía”? Podrías ahondar más en ello. Gracias .

  5. Se podría decir que la ironía implica un movimiento más sutil en el lenguaje, algo se dice sin decirlo tal como es, la agresión se reviste y se disfraza, en cambio en la perrada no queda escondida la intención de agredir al otro, la violencia se muestra de una manera cruda, no se trata de sutilezas sino de una franca embestida contra el destinatario en turno. Gracias por tus comentarios.

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