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El tabú del incesto como prohibición familiar y social

REVISTA ARTICULO- ALEJANDRA

“El hombre ni tan solo es dueño y señor de su propia casa: en su interior hay fuerzas  impulsivas que gobiernan su voluntad y que él desconoce”. S. Freud  Introducción al psicoanálisis 

 El tabú se nos ha presentado con “dos significaciones opuestas: la de lo sagrado o consagrado y la de lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro”[1]. Siendo para el psicoanálisis un rito antiguo de las organizaciones primitivas, el significado que apunta a lo sagrado de forma religiosa e intocable es de utilidad social  y  la otra es de uso restrictivo o prohibido  que se presenta en la ambivalencia de los sentimientos; un ejemplo podría ser contestar a la siguiente interrogante: ¿Cómo explicar que un hombre pueda desear y ser el amante de la esposa de su amigo, compadre o hermano, pero tenga ese sentimiento aberrante de desear o poseer a su propia madre?… Cada quien se podrá contestar de mil maneras, pero hay un mandamiento tan pero tan sagrado, que si bien o mal recuerdo dice: ¡No desearas a la mujer de tu prójimo!, es decir, ¡no desearas a ninguna mujer que sea ajena! y que por supuesto no solamente incluye a la madre ¿o no?… Ya Freud nos mencionaba que los tabúes no sólo son de orden sagrado, también lo van a ser de decisiones propias.

“Las restricciones tabúes son algo muy distinto de las prohibiciones puramente morales o religiosas. No emanan de ningún mandamiento divino, sino que extraen de sí propias  su autoridad.”[2]

Y como son de propia autoridad, cada quien se dará el permiso de andar con quien se le dé la gana, ¡ah!, pero eso si… La madre es intocable, pues hasta la madre (María) del niño Jesús fue divinamente intocable. Pasando a otra área de estudio, en la antropología el tabú tiene relación con los objetos o acciones que poseen un significado en las diferentes jerarquías sociales, de ahí, va a depender  lo que simboliza ser hombre a través del tótem[3] (Dios, jefe, padre o maestro) que impone una imagen respetable como integrante de un grupo y que puede ser transmitido hereditariamente.

Para adentrarnos al origen del orden social, Freud presentó el mito de la horda primitiva: en donde los hermanos celosos de los privilegios del padre, lo asesinan y  devoran como animales en el banquete totémico, esto por serles impedido el acto incestuoso; posteriormente  la culpa que experimentan ante tal crimen no les permite cumplir el deseo de acceder a la madre, por lo que el tótem del padre muerto es venerado como un dios inmortal y en el que en el lazo fraterno se prohíbe a la madre o el acceso a cualquier hembra de la tribu, además del asesinato. Estas prohibiciones son las que van a constituir parte de las leyes de una cultura; a partir de la muerte del  padre se impone, en este caso sobre los hijos, una regla autoritaria que permita controlar sus deseos incestuosos.

Siguiendo la lectura de Freud, las organizaciones sociales han ido evolucionando, no siendo las mismas que en las épocas primitivas en donde el padre respetable decidía lo que era o no permitido, sometiendo a sus hijos o demás integrantes de la familia a obedecer la ley de manera implícita. De esta manera los hermanos se prohíben a las mujeres de su mismo grupo ofreciéndolas a otros grupos, en épocas primitivas como requerimiento de tradición, quedando el padre como procurador y juez de las relaciones familiares.

La familia nuclear, como sabemos, se conforma por la madre, padre  e hijos que operan en  la organización psíquica  individual. En un contexto antropológico, “El padre está considerado en el nivel mítico simbólico, como el padre  de la horda primigenia que prohíbe la endogamia”[4] e  implícitamente, como el que prohíbe el incesto en el complejo de Edipo[5]. El papel general del padre funciona como proveedor o protector de familia, así, como la función  que ejerce la madre responsable del papel nutricio y cuidados de sus hijos; cargos que pueden ser cambiados de sociedad en sociedad, dependiendo del contexto cultural.

El antropólogo Levi Strauss, al estudiar el origen del tabú del incesto en las culturas y  no satisfecho con las explicaciones genéticas o con la incapacidad de atracción sexual con un pariente, llega a la conclusión de que este horror al incesto opera como una defensa frente al deseo inconsciente; vinculado con las prohibiciones religiosas. Así en las reglas de la exogamia, la función del tabú en el incesto obliga a los miembros de un grupo a que se casen con miembros de otros grupos, intercambiando a las mujeres.

“El intercambio postula que el tránsito de un estado de naturaleza a un estado de cultura tuvo lugar junto con, y a través de, el surgimiento de la regla de la exogamia, que entro en vigencia mediante las restricciones ligadas al incesto.”[6]

 Estas reglas establecidas son las que marcan hasta la actualidad la elección de pareja, sin el surgimiento de este tabú la cultura no existiría; no habría una prohibición elemental que pusiera orden a las interacciones del hombre y por ende no habría un totemismo que formara un grupo social permitido. La regla impuesta de no casarse con un miembro del mismo grupo también va a operar de forma inconsciente como  negación ante el  deseo Edípico, esto, como no matar al padre  para posteriormente casarse con la madre.

Siendo el mito de la horda primitiva una ficción, que da a ejemplificar lo que pudiera llegar a ocurrir si no hubiese un padre funcionando como ley, es a manera de metáfora que la función  del padre se sustituye en lo social, por ejemplo, en la política que supuestamente regula, controla y/o  penaliza conductas no aceptables para poner un orden en la convivencia de la sociedad; incluso, tanto en el gobierno como en las relaciones de parejas, el padre se podría explicar como el amo que somete al esclavo.

Lacan, nos hace mención que en el discurso del amo se produce  un lugar dominante, para ello, utiliza una mascarada de saber como  la “verdad” en un medio decir;  este medio decir del “saber verdadero” se le es transmitido al esclavo como enigma <i>“El enigma es algo que nos urge responder como peligro mortal.”[7]Sin ir tan lejos para ejemplificarlo, un gobernador (el amo), se disfraza de un saber que evidentemente no posee, no solo por ser  enigmático; ocupando un lugar dominante en su discurso con el cual pone el “orden” con mandatos a la sociedad (esclavo), quienes obedecen y trabajan para producir algo; aun cuando el amo no esté presente, sus leyes continúan siendo obedecidas.

“No crean que el amo está todavía ahí. Lo que permanece es la orden, el imperativo categórico Sigue sabiendo.”[8]  

Por otro lado, en un conocimiento de la religión se enseña a invocar el nombre del padre     (en la oración o rezo católico),  simbolizando al padre muerto como dios el eterno padre; ley que nos remite al lo que se venera y metáfora de cuyo nombre hablamos e invocamos lingüísticamente. En este sentido cuando hablamos de un padre muerto, estamos hablando de un padre ausente que solo puede ser evocado a través de una representación o de un símbolo que nos remite a ese padre original incapaz de acceder a la consciencia.

Es entonces que el padre funciona como el amo que instaura la ley y rescata al hijo del deseo que  tiene con la madre; esta función estructura el psiquismo de un sujeto y  a su vez, posibilita que el individuo ingrese a una cultura o a un grupo social.  El padre va a ser aquel que limita al hijo a satisfacer su deseo, función fallida en el mito de la horda primitiva, donde el padre asesinado no muere completamente quedando su nombre como venerado y los restos del padre como no digeridos en el acto de devorarlo; de esta manera el padre sigue sometiendo la ley que transmitió en vida.

El tabú en este análisis con el padre, no solamente es el rito sagrado o lo prohibido de lo que no se habla y solo se venera; también es lo que nos protege. El padre, la madre o sus sustitutos, fungen como portadores de lo peligroso, obedeciendo a la moral o a las costumbres inculcadas en ellos mismos y que en este caso queda como tabú del muerto, todo esto de manera inconsciente.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

S. Freud (1913). Tótem y tabú en obras completas XIII. Amorrortu, Buenos Aires.

S. Freud (1999). Tótem y tabú. Alianza editorial, Madrid.

B. Wiseman, J. Groves (2002). Levi Strauss para principiantes. Era naciente, Argentina.

G. Umberto (2006). Diccionario de psicología. Siglo veintiuno, México.

E. Tappan (2006). En el nombre del padre (in principio erat Verbum) en revista Erinias: número 5. ELP, Puebla.

J. Lacan (2009). Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires.

J. Lacan (2010). De los nombres del padre, Paidós, Buenos Aires.

 

 

 


[1] S. Freud, Tótem y tabú, Alianza editorial, Madrid, 1999. P.27.

[2] Ibíd., p.28.

[3] El tótem definido como el lugar del antepasado de un clan.

[4]Galimbert. Umberto, Diccionario de psicología, Siglo veintiuno editores, México, 2006, p. 781.

[5] Conocido en psicoanálisis como los deseos amorosos y hostiles que el niño experimenta hacia sus padres, en este caso nos centramos en la madre.

[6]  B. Wiseman, J. Groves, Levi Strauss para principiantes, Era naciente, Argentina. 2002, p.33.

[7] J. Lacan, Seminario XVII, p. 108.

[8] Ibíd., p. 111.

Comments


Karen Alejandra Morales Sánchez

2 Comments

  1. Es una muy buena pregunta. La conciencia es esa aquella que conocemos como la parte de la razón, o dicho de otro modo, la parte de la “conciencia moral”. ¿Qué nos ofrece?… Nos ofrece una serie de normas para no cometer incesto; tales como mandamientos, prohibiciones o sentimientos de evitación que combaten las fantasías del incesto producto de lo inconsciente y que no es aceptable. ¡Saludos!

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